RUTA MARINERA DE LA PRINCESA

La ruta de la Princesa Leonor

Casas rurales en Asturias

ruta senderista para realizar con niños

Abrazados por el mar y con el encanto único de los lugares de antaño

Llanes enamora a propios y extraños con sus entrañables calles, su amplio puerto y ese carácter marinero que parece haberse detenido en el tiempo. Villa abierta al Cantábrico, protegida por murallas y forjada por la vida del mar, conserva aún hoy la esencia de un pasado en el que la navegación, el comercio y la fe marcaban el pulso cotidiano.

La Ruta Marinera de la Princesa propone algo más que un paseo histórico: es una invitación a viajar en el tiempo. De la mano de la princesa Leonor de Austria, recorreremos el Llanes del siglo XVI, reviviendo uno de los episodios más singulares de su historia. Un recorrido que une mar, historia y emoción, y que permite descubrir la villa desde una mirada diferente, profundamente marinera.

Para realizar esta ruta es imprescindible trasladarse no solo en el espacio, sino también en el tiempo. Concretamente hasta el 26 de septiembre de 1517, un día despejado de viento sur, cuando la villa de Llanes recibió una visita tan inesperada como ilustre.

Sabemos, gracias al testimonio de un cronista excepcional, Laurent Vital, que en aquella fecha arribó a Llanes una princesa tras un accidentado y peligroso viaje por mar. La escuadra real había partido diecinueve días antes de Middelburgo con destino a Santander, pero los vientos contrarios desviaron su rumbo, obligándola a buscar refugio en la costa oriental asturiana. A este periplo marítimo se sumó después un trayecto por tierra no menos expuesto.

La joven princesa se llamaba Leonor de Austria. Contaba entonces con apenas dieciocho años y era la primogénita de Felipe “el Hermoso” y Juana “la Loca”. Viajaba acompañando a su hermano Carlos de Gante, futuro rey de España y emperador de Alemania, que llegaba por primera vez a la península para hacerse cargo del reino tras el fallecimiento de su abuelo, Fernando el Católico, y con su madre recluida en Tordesillas.

Todo indica que la presencia de Leonor en este viaje no fue casual. La princesa, que más tarde sería reina de Portugal y de Francia, había mantenido una relación con Federico II, conde Palatino del Rin, y no faltaron rumores de un posible matrimonio secreto. Incluirla en el viaje formaba parte de la estrategia para alejarla de aquellos amores y reconducir su destino político.

La entrada de la comitiva en Llanes fue recibida con entusiasmo y solemnidad por las gentes de la villa. Según recoge Laurent Vital, los vecinos engalanaron sus casas con follajes verdes y ramos, alfombraron las calles con flores y salieron en procesión al encuentro del rey, la princesa y su séquito. El propio cronista dejó constancia de que “si mejor lo hubiesen podido, con más gusto lo hubiesen hecho”.

Tras alojarse en la casa de Juan Pariente, en la calle Real —la actual calle Mayor—, los principales señores de la villa acudieron a rendir la correspondiente reverencia. Sin embargo, todo hace pensar que la princesa Leonor, de carácter curioso y gran cultura, preferiría aprovechar aquel momento para conocer la villa.

Llanes era entonces una población todavía marcada por un gran incendio reciente, situada a un tiro de ballesta del mar, protegida por murallas y con una intensa vida ligada al puerto. Su pilar fundamental, junto al Ayuntamiento, el Regimiento y la Iglesia, era la Cofradía de Mareantes de San Nicolás, institución clave en la organización social y económica de la villa, cuyas ordenanzas habían sido aprobadas por los Reyes Católicos, abuelos maternos de la princesa.

 

La Plaza de Santa Ana

Puerta marinera al Llanes del siglo XVI

La princesa Leonor, seguida por dos de sus damas más discretas y dispuestas, iniciaría su paseo atravesando la calle Real, arteria principal de la villa. El suelo, de barro glutinoso, obligaba a caminar con cuidado, esquivando a los borricos cargados con cuévanos repletos de quesos, frutas, verduras y mantecas, cuidadosamente cubiertas con hojas de castaño para su conservación.

A la derecha del camino se alzaba el Palacio de San Nicolás, de aspecto severo y marcadamente defensivo. Sus muros, cubiertos de hiedra, mostraban aún las ballesteras del frontón, recordando el carácter estratégico de la villa y la necesidad constante de protegerse frente a incursiones por mar. Pegada al palacio se encontraba la muralla de Llanes por el viento norte, cuya puerta —conocida también como puerta de San Nicolás— fue franqueada por el Mayordomo de la Cofradía de Mareantes, custodio de la llave desde hacía más de quinientos años.

Al cruzarla, la comitiva accedía a uno de los espacios más significativos del Llanes marinero: la Plaza de Santa Ana. Allí se alzaba la capilla de San Nicolás, patrono de las gentes de la mar, un edificio sobrio y elegante, de delicadas aristas de piedra que sostenían la techumbre. De ella pendían pequeñas embarcaciones empavesadas, ofrendas simbólicas de los marineros, testimonio de una fe profundamente ligada al mar y a sus peligros.

Junto a la capilla se encontraba la sede de la Cofradía de Mareantes, auténtico corazón económico y social de la villa. El Cabildo, con su portalón enlosado, daba paso a un salón superior con corredor abierto sostenido por columnas de madera, desde donde se tomaban decisiones fundamentales para la vida del puerto y sus hombres.

Para la joven princesa, aquel lugar debió de resultar especialmente revelador: un espacio donde religión, mar y organización civil se entrelazaban, reflejando la identidad de una comunidad acostumbrada a vivir mirando al horizonte.

Aquí, en la Plaza de Santa Ana, comenzaba verdaderamente la Ruta Marinera de la Princesa.

El Fuerte – La Casa del Rey

La mar, la defensa y el peligro siempre presente

Todavía antes de que anocheciera aquel sábado de septiembre de 1517, la princesa Leonor y su séquito —al que ya se había incorporado el Mayordomo de la Cofradía de Mareantes— tendrían tiempo de acercarse hasta El Fuerte, conocido entonces como La Casa del Rey.

En aquel momento, la fortificación aún no estaba armada. No sería hasta años más tarde cuando su sobrino, el rey Felipe II, hijo de su hermano el emperador, la dotaría de cinco piezas de artillería, bastiones y cestones, reforzando así la defensa de la villa. Sin embargo, incluso sin ese armamento, el lugar ya imponía respeto por su posición estratégica, dominando la entrada al puerto y vigilando el siempre incierto Cantábrico.

Desde allí, la princesa podría percibir con claridad la cercanía de la mar y el batir incesante de las olas, que, como relatarían los lugareños, “saltan más altas que las lanzas” cuando el tiempo arrecia. La visión del océano, tan próximo y a la vez tan indómito, debía de causar una profunda impresión en quien no estaba acostumbrada a la rudeza del litoral cantábrico.

No faltarían las explicaciones sobre los peligros que acechaban a los barcos al entrar y salir del puerto. Las rocas ocultas, invisibles salvo en bajamar, convertían cada maniobra en un ejercicio de precisión y experiencia. El mar, fuente de riqueza y sustento, era también una amenaza constante.

Las gentes de la villa, orgullosas de su historia y de su capacidad de resistencia, relatarían sin duda las numerosas intentonas de piratas y corsarios que habían tratado de asaltar Llanes a lo largo del tiempo, y cómo habían sido rechazadas gracias a la vigilancia, la organización y el valor de sus mareantes.

La Basílica –  Fe, poder y solemnidad en el corazón de la villa

A la mañana siguiente, domingo, el rey, la princesa Leonor y su cortejo de señores flamencos —encabezados por el señor de Chèvres, figura de enorme influencia sobre el joven Carlos— acudieron a oír misa. El templo, situado en un entorno aún poco urbanizado, se alzaba rodeado de encinas y sin apenas viviendas en sus inmediaciones; solo algunos hórreos salpicaban el paisaje.

La iglesia se encontraba entonces en obras, una circunstancia que no pasó desapercibida para la comitiva real. Aquel esfuerzo constructivo contaba, según se sabía, con el apoyo económico del futuro emperador, contribuyendo de manera notable a la mejora del templo.

Laurent Vital relata que, durante la jornada anterior, y gracias a la intervención de un ayuda de cámara y un ujier de armas, la princesa tuvo ocasión de hablar con un hombre de oficio tallista, natural de Burgos, que se encontraba trabajando en la talla de un nuevo altar. Aquel encuentro, aparentemente menor, revela el interés de Leonor por las artes y la cultura, así como su cercanía con la vida cotidiana de la villa.

La misa dominical fue, sin duda, uno de los actos más solemnes de la estancia real en Llanes, reflejo del vínculo entre religión, poder y comunidad en la sociedad del siglo XVI.

Paseo de Sampedro

 Después de la misa, la princesa, incorporando a su séquito al alcalde de la lumbre de la Cofradía de Mareantes, dirigiría sus pasos, a través de un sendero que partía de la playa de los Estacones (Sablón), a un montículo pedregoso, en el cual se había alzado por los marineros una ermita en honor de San Pedro, el cual daba nombre a la loma.

Allí, se impresionaría de las incomparables vistas al mar y a la villa, que con sus solares infanzones, sus casas de vecindad con su pontonaje, viguería de madera y huesos de cetáceo entre el mortero, su torre, sus puertas, su montaña y su río, le parecería un nacimiento. Y no dejaría de subir a un castillete, lugar desde el cual se avistaban los cetáceos, y podría imaginar, ya que no era época de caza de los mismos, el despiece y subasta en la cercana playa. Y columbraría la Casa de Ballenas, con acceso al arenal, donde se guardaban los armazones y las calderas y se fundía la grasa y se elaboraba la carne en salmuera.

El Puente

Cruce de caminos y relatos populares

Ya por la tarde, aprovechando que en honor a su hermano Carlos se celebraba una corrida de toros, la princesa Leonor se acercaría al puente, dejando atrás el bullicioso mercado de puestos al aire libre y mujeres con sayas remangadas.

El puente era una construcción relativamente reciente y evitaba ya la necesidad de cruzar la ría en barca. Muy cerca de allí se encontraba la conocida Casa de las Sirenas, identificable por dos de estas figuras cinceladas en una ventana.

En ese lugar, la princesa escucharía de boca del alcalde de mar de la Cofradía relatos populares, como el de un pescador que nadaba como un lucio y permanecía bajo el agua sin ahogarse, pues —según la leyenda— era hijo de una sirena y un hombre. Historias que mezclaban mito y realidad, tan habituales en las villas marineras.

San Antón

El mirador natural sobre la villa y el mar

Tras la misa, la princesa Leonor, incorporando a su séquito al alcalde de la Cofradía de Mareantes, dirigió sus pasos hacia un sendero que partía de la playa de los Estaconeros (actual Sablón) y ascendía por un montículo pedregoso. En lo alto se alzaba una pequeña ermita dedicada a San Pedro, patrón de los marineros, que daba nombre a la loma.

Desde allí, la vista era sencillamente incomparable. La princesa pudo contemplar la villa en toda su extensión: los solares intramuros, las casas vecinales, el pontón, la ría, las huertas, la montaña y el río, todo ello fundido en un paisaje que unía mar y tierra de forma armoniosa.

No dejaría de subir hasta el castillete, desde donde se avistaban los cetáceos que surcaban la costa en aquella época. Y aunque no era tiempo de caza, bien pudo imaginar el despiece y la subasta de las ballenas en la cercana playa, así como la actividad de la Casa de Ballenas, donde se almacenaban los armazones, las calderas y se fundía la grasa para elaborar carne en salmuera.

Este mirador natural ofrecía una visión completa del Llanes marinero, activo y profundamente ligado al océano.

San Antón

Tras divisar, en la otra orilla de la ría, una pequeña capilla, Leonor solicitaría visitarla. Se trataba de una ermita bajo la advocación de San Antón, abad, al que los marineros añadieron el apodo de “el de la mar”. Y tras llegar a ella, sorteando rimeros de estiércol, hacinas de heno y piaras porcinas, le contarían que en ella se depositó la imagen de la Virgen de Guía cuando fue hallada en la mar. Se interesaría por dicha imagen y le informarían de que la misma se aparecía una y otra vez en un cerro sobre la villa, por lo que el año anterior, 1516, se le construyó en aquel alto una ermita de teja y madera.

El Puerto

Final de la ruta, alma de Llanes

Como colofón de esta Ruta Marinera, la princesa Leonor recorrería el puerto, agradeciendo el haber llegado con vida tras un viaje tan incierto. El aire salino, con su inconfundible olor a ballena y a nasas por doquier, impregnaba el ambiente.

Las únicas obras de fábrica eran el puente y el muelle, desde donde partía el conocido como “Campu del Gatu”, separando la ría de la playa del Sablón. Quizá también se extendía ya el muelle de Santiago.

Al observar los barcos, Leonor se sorprendería de la valentía y temple de los marineros llaniscos, capaces de enfrentarse a voluminosos cetáceos desde frágiles embarcaciones. El puerto se adentraba en la ría, convirtiéndose casi en una calle más de la villa, viva y bulliciosa.

Aquí, frente al mar, concluía el recorrido. Un viaje que no solo atravesaba espacios físicos, sino también siglos de historia.

Como Llegar?

Ubicación

 

La Fundación Archivo de Indianos se encuentra en la localidad de Colombres, municipio de Ribadedeva, en el límite entre Asturias y Cantabria.

Coordenadas GPS

  • Latitud: 43.4210

  • Longitud: -4.7546

Llanes está muy bien comunicada por carretera:

  • Desde Oviedo / Gijón / Avilés:
    Autovía A-8 (Autovía del Cantábrico) dirección Santander → salida Llanes

  • Desde Santander:
    A-8 dirección Oviedo → salida Llanes

  • Desde Madrid:
    A-6 hasta León → AP-66 (Huerna) → A-66 → A-8 hasta Llanes